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MÁRTIRES FRANCISCANOS


Rosa - 06/11/2026 - 0 comments

Estos son los seis franciscanos conventuales a los que dedicamos este espacio:

Alfonso López López, que encabeza el grupo, era sacerdote. Nació en Secorún (Huesca) en 1878 y fue fusilado, junto con el Beato Miguel, en Samalús (Barcelona) el 3 de agosto de 1936. Hizo los estudios eclesiásticos en Italia y, tras su ordenación sacerdotal, estuvo tres años de confesor en el Santuario de Loreto (1912-1915). Pasó el resto de su vida en Granollers (Barcelona) como docente y director espiritual.

Miguel Remón Salvador, hermano profeso, nació en Caudé (Teruel) en 1907 y fue fusilado, junto con el Beato Alfonso, en Samalús (Barcelona) el 3 de agosto de 1936. Ingresó en la Orden en Granollers, pero luego marchó a Italia e hizo la profesión solemne en Loreto donde permaneció un par de años prestando diversos servicios en la Basílica. Regresó a Granollers en 1935 para ejercer los oficios que se le confiaron, en los que siempre se mostró laborioso, afable y pacífico.

Modesto Vegas Vegas, sacerdote, nació en La Serna (Palencia) en 1912 y fue fusilado en Lliçà d’Amunt (Barcelona) el 27 de julio de 1936. Ingresó en Granollers muy joven e hizo los estudios eclesiásticos en Italia, donde recibió la ordenación sacerdotal en 1934. Su breve actividad apostólica se desarroló en Granollers sobre todo en el ejercicio del ministerio de la predicación y del confesonario.

Dionisio Vicente Ramos, sacerdote, nació en Caudé (Teruel) en 1871 y fue fusilado en Granollers el 31 de julio de 1936 junto con Beato Francisco. Ingresó en la Orden en Italia y allí realizó los estudios eclesiásticos. Ejerció diferentes ministerios tales como penitenciario en la basílica de Loreto, profesor en seminarios diocesanos y de la Orden, formador de los candidatos a la Orden, tanto en Italia como en España. Una enfermedad de los ojos limitó en la ancianidad sus actividades.

Francisco Remón Játiva, hermano profeso, nació en Caudé (Teruel) en 1890 y fue fusilado en Granollers el 31 de julio de 1936 junto con el Beato Dionisio. Pasó la mayor parte de su vida religiosa en Asís, ejerciendo el oficio de sacristán de la Basílica de San Francisco; era un reconocido belenista. En 1935 fue destinado al convento de Granollers donde se encargó de la sacristía y la portería.

Pedro Rivera Rivera, sacerdote, nació en Villacreces (Valladolid) en 1912 y fue martirizado en Barcelona a finales de agosto o principios de septiembre de 1936. Ingresó en Granollers el año 1912 y terminó la carrera en Roma. Fue ordenado sacerdote en 1935. Regresó a España como superior del convento de Granollers. Destacó por su inteligencia y buen hacer en plena juventud.

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La II República española, proclamada el 14 de abril de 1931, llegó impregnada de fuerte anticlericalismo. Apenas un mes más tarde se produjeron incendios de templos en Madrid, Valencia, Málaga y otras ciudades, sin que el Gobierno hiciera nada para impedirlos y sin buscar a los responsables para juzgarles según la ley. Los daños fueron inmensos, pero el Gobierno no los reparó ni material ni moralmente, por lo que fue acusado de connivencia. La Iglesia había acatado a la República no sólo con respeto, sino también con espíritu de colaboración por el bien de España. Estas fueron las instrucciones que el Papa Pío XI y los obispos dieron a los católicos. Pero las leyes sectarias crecieron día a día. En este contexto fue suprimida la Compañía de Jesús y expulsados los jesuitas.

Durante la revolución comunista de Asturias (octubre de 1934), derramaron su sangre muchos sacerdotes y religiosos, entre ellos los diez Mártires de Turón, 9 Hermanos de las Escuelas Cristianas y un Pasionista, canonizados el 21 de noviembre de 1999.

Durante el primer semestre de 1936, después del triunfo del Frente Popular, formado por socialistas, comunistas y otros grupos radicales, se produjeron atentados más graves, con nuevos incendios de templos, derribos de cruces, expulsiones de párrocos, prohibición de entierros y procesiones, etc., y amenazas de mayores violencias.

Éstas se desataron, con verdadero furor, después del 18 de julio de 1936. España volvió a ser tierra de mártires desde esa fecha hasta el 1 de abril de 1939, pues en la zona republicana se desencadenó la mayor persecución religiosa conocida en la historia desde los tiempos del Imperio Romano, superior incluso a la de la Revolución Francesa.

Fue un trienio trágico y glorioso a la vez, el de 1936 a 1939, que se debe recordar fielmente para que no se pierda la memoria histórica.

Al finalizar la persecución, el número de mártires ascendía a casi diez mil: 13 obispos; 4.184 sacerdotes diocesanos y seminaristas, 2.365 religiosos, 283 religiosas y varios miles de seglares, de uno y otro sexo, militantes de Acción Católica y de otras asociaciones apostólicas, cuyo número definitivo todavía no es posible precisar.

El testimonio más elocuente de esta persecución lo dio Manuel de Irujo, ministro del Gobierno republicano, que en una reunión del mismo celebrada en Valencia -entonces capital de la República-, a principios de 1937, presentó el siguiente Memorándum:

«La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente: a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aún han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales. e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos. f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerde».

A los sacerdotes, religiosos y seglares que entregaron su vida por Dios el pueblo comenzó a llamarles mártires porque no tuvieron ninguna implicación política ni hicieron la guerra contra nadie. Por ello, no se les puede considerar caídos en acciones bélicas, ni víctimas de la represión ideológica, que se dio en las dos zonas, sino mártires de la fe. Sí, hoy los veneramos en los altares como mártires de la fe cristiana, porque la Iglesia ha reconocido oficialmente que entregaron sus vidas por Dios durante la persecución religiosa de 1936.

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