No voy a decir nada nuevo: estoy impresionada por el terremoto de Lorca. Es terrible lo que tienen que estar sufriendo y yo siento tristeza por ellos y comprendo que les cueste muchísimo ir asumiendo la pérdida de los seres queridos. Eso es lo peor. Las heridas se irán curando y las casas reconstruyendo, y todo lo demás, con el tiempo irá apaciguándose.
Me pongo en su lugar y pienso que si tienen fe lo asumirán mejor que si no la tienen. Muchas personas cristianas han convertido a otras sólo por su actitud ante la muerte de un ser querido. Porque creen en la otra VIDA y
saben que la de aquí “sólo es una noche en una mala posada”, comparada con la que nos espera, decía Santa Teresa de Jesús.
La ternura y la alegría, dentro de este caos, ha sido el nacimiento de tres niños.
Una madre española estaba de parto en el hospital cuando ocurrió el primer terremoto y le provocaron el parto para que naciese lo antes posible. ¡Menos mal!
En el campamento de refugiados se puso de parto una sudamericana y como venían gemelos la trasladaron a Murcia, al Hospital, donde nacieron los dos niños varones.
Así es la vida; muerte y vida se dan la mano. Para las dos hay ESPERANZA. Esperanza para esos bebés; que puedan encontrar un mundo que los acoja, los quiera, los eduque en valores; si son cristianos, mejor que mejor.
Esperanza para ese mundo futuro, la Jerusalén del cielo, donde nos podamos encontrar con nuestros seres queridos.
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