es…
mes de Mayo nos trae el recuerdo de nuestra Madre la Virgen María. Unido a
tantos y tantas como en este mes honran a María, queremos ofrecerle este
reportaje en el que recordemos el momento en que María es designada como Madre
nuestra por el mismo Jesucristo, gesto que remata su manifestación de amor
desde la Cruz, donde no sólo se entrega a sí mismo como sacrificio redentor,
sino que además nos entrega lo que más quería en este mundo, a su propia Madre.
momento que nos refiere el Discípulo amado (Jn 19, 25-27). Fue un testigo
cualificado pues estuvo presente, junto con la Virgen María, la Madre de Jesús
como él la llama, y las otras mujeres. Comienza diciendo: “Estaban de pie
junto a la Cruz de Jesús su Madre” (v. 25). Conviene notar la fórmula
usada para designar la Cruz que sólo se encuentra aquí. El añadir “de
Jesús” no era necesario para la comprensión del texto, pues es obvio que
la Virgen estaría junto a la cruz de su hijo. Sin embargo, esa indicación
implica cierto énfasis, permitiendo pensar que la Cruz de Jesús no hay que
considerarla sólo en sentido material en cuanto Cristo pende de ella, sino
también en sentido espiritual en cuanto es instrumento imprescindible en el
cumplimiento de la “hora” redentora de Jesús. Por otro lado, se trata
de expresar más una proximidad moral que física, Por eso puede pensarse que el
evangelista indica una proximidad al Crucificado más que a la Cruz.
profundo de la presencia de las mujeres junto a la Cruz. No sólo están
físicamente, como meras espectadoras, sino en cierto modo actúan y participan
en el misterio del Crucificado. No sólo ven y contemplan aquello como
espectadores pasivos -esto parece ser la perspectiva de Mt y Mc que dicen
“mirando”-, sino que de algún modo participan de forma activa en el
drama del Calvario.
ella al discípulo que él amaba dijo a su Madre: he ahí a tu hijo. Luego dice al
discípulo: he ahí a tu Madre”. Es digna de notar la fórmula literaria
(Mujer he ahí a tu hijo… he ahí a tu madre), en la que conviene señalar que
Hay dos miembros presentados en un paralelismo perfecto. Si se tratase sólo de
no dejar desamparada a María sería suficiente el segundo miembro (he ahí a tu
madre). Pero al dirigirse también a ella para encomendarle a Juan, no se trata
sólo del amparo de María. Más bien el discípulo es confiado a María y no al
revés.
“madre” en primer lugar muestra la intención de Jesús de dar el
principal papel a María, a la que le corresponde una tarea maternal con
respecto al discípulo. Así, pues, en el Calvario recibe María una nueva
maternidad, que la capacita para representar la paternidad providencial de
Dios. Además es encargada de cooperar con su actividad materna a la extensión
de la paternidad divina en el mundo. A partir de ese momento aparece la
verdadera dimensión de la maternidad de María, resultante de su asociación con
el sacrificio redentor de Jesús. De esa forma su maternidad ayuda a entender la
paternidad divina, es su representación más entrañable y cercana.
este hecho de recibir a Juan como hijo, el cumplimiento de la profecía de
Simeón.
implícita a las palabras de Jesús cuando habla de los dolores de la mujer al dar
a luz a su hijo (Jn 16, 21). Junto con el dolor no podemos olvidar el gozo de
la mujer tras el nacimiento de su hijo. Esa alegría de la mujer se refleja en
el Antiguo Testamento. Así, en ese sentido, Sofonías (3, 14-17) habla de la
alegría de la hija de Sión, reflejada en el canto del Magníficat.
“mujer”, que ciertamente resulta solemne. Se dice que María está
junto a la Cruz de Jesús. Juan sin embargo está junto a María. El discípulo,
por tanto, aparece en relación directa a María, casi a su sombra, mientras que
María está en relación directa con la Cruz. Se da un esquema literario de
Revelación, repetido en otros pasajes del IV Evangelio. su estructura es la
siguiente: a) Comienza por un verbo que indica visión: ver, mirar, etc. b)
“he ahí”. c) Después se presenta una persona bajo un aspecto
determinado, o en relación con una misión ignorada, conocida por quien mira y
manifestado por él a otros.
esquema. Jesús en la Cruz ve a su Madre y al discípulo, revelando algo
relacionado con ellos y escondido hasta entonces. A María le revela su oficio
de Madre, algo que desde ese momento debe ejercer con el discípulo. A éste le
revela una determinada filiación respecto a María. Este esquema excluye que
Cristo actuara solamente llevado de su amor filial a María, pues además de
preocuparse de la madre se preocupa también por el discípulo.
En la fórmula “el discípulo que él amaba” se ha visto al mismo Juan,
autor del IV Evangelio, que siempre habla de sí y de su familia en discreto
anonimato. Pero ¿no es posible ver algo más en esta fórmula? El autor del IV
Evangelio muestra la tendencia de no considerar a las personas reales sólo de
modo individual, sino que las estima como tipos de cierta categoría de hombres.
De donde no se deduce que dichos personajes no sean históricos. Juan considera
como tipos o símbolos a las personas o los hechos acaecidos. Así Nicodemo puede
ser considerado como tipo del judaísmo oficial, mientras que la Samaritana
seria tipo del judaísmo separado.
entendido con un valor de símbolo. Ante todo es preciso afirmar que la
predilección de Cristo por él no tiene un sentido exclusivo, como si Jesús no
amara también a los demás. Al mismo Judas le permite que le bese ante todos y
le llama, cuando le traiciona, amigo. Sin embargo, no hay inconveniente en
reconocer la predilección de Cristo por ese discípulo, lo mismo que la tuvo por
Pedro y Santiago, a quienes junto con Juan les elige para ser testigos de su
gloria en el Tabor, y de su agonía en Getsemaní. Por otro lado, si tenemos en
cuenta que Jesús nos enseña no sólo con palabras sino también con gestos, se puede
pensar que, en ese hecho, el Maestro nos señala cómo ha de ser el discípulo
ideal, y al mismo tiempo nos muestra el profundo amor que él nos tiene, si le
somos fieles hasta en la Cruz y la muerte, como lo fue aquel discípulo.
amado”, se da en el IV Evangelio varias veces, ratificada por el hecho de
haberse recostado dicho discípulo en el pecho de Jesús, manifestación evidente
del especial amor de Cristo por aquel. Bien podemos decir que esta expresión es,
por tanto, elegida para designar también, simbólicamente, a todo discípulo en
cuanto se encuentra en la esfera del amor de Cristo. Esta conclusión es
admitida por algunos protestantes. Así Dibelius afirma que “el discípulo que
Jesús amaba es el hombre de fe… el que representa a todos los discípulos que,
en sus relaciones con Dios, han venido a ser los hermanos de Jesús”. Esta
interpretación se encuentra también usada por los últimos Sumos Pontífices.
el Hijo hace de sí mismo: ofrece a Jesús, lo da, lo engendra definitivamente
para nosotros. El “sí” de la anunciación madura plenamente en la
Cruz, cuando llega para María el tiempo de acoger y engendrar como hijo a cada
hombre que se hace discípulo, derramando sobre él el amor redentor del
Hijo” ( Enc. Evangelium vitae, n. 103).
Calvario junto a María, encomendado a su cuidado de Mujer y Madre, es el
símbolo de todos los discípulos fieles a Cristo, esos que él mismo entrega a su
Madre como hijos. Esos que reciben a María, la Madre de Jesús, como propia.
“Nos atrevemos a decir -escribe Orígenes- que la flor de las Escrituras
son los Evangelios, y la flor de los Evangelios es el de San Juan. Pero nadie
sabrá comprender su sentido si no ha re¬posado en el pecho de Jesús y recibido
a María como Madre. Mas para ser como Juan es preciso poder, como él, ser
mostrado por Jesús como otro Jesús. En efecto, si María no ha tenido más hijos
que Jesús, y Jesús dice a su Madre: ‘He ahí a tu hijo’, y no ‘He ahí otro
hijo’, entonces es como si él dijera: ‘Ahí tienes a Jesús, a quien tú has dado
la vida’. Efectivamente, cualquiera que se ha identificado con Cristo no vive
más para sí, sino que Cristo vive en él (cfr. Ga 2, 20) y puesto que en él vive
Cristo, de él dice Jesús a María: He ahí a tu hijo: a Cristo”. Por tanto, Maria
es la madre de la Iglesia ya que es madre de todos los creyentes que la forman.
perspectiva, María es figura de la Iglesia Madre porque también ésta infunde a
los hombres, mediante el Bautismo, la nueva vida como hijos de Dios. Esta
interrelación de María y la Iglesia también está presente en la visión de la
Mujer en el Apocalipsis.
sea figura de la Iglesia y también Madre de la misma. Todo se explica si
consideramos que María es figura de la Iglesia en cuanto que ésta es madre de
los cristianos a los que da la vida de la gracia mediante los sacramentos; pero
es también Madre de la Iglesia en cuanto que en ella están todos los creyentes
que son sus hijos por voluntad de Cristo en la cruz. Parece evidente que si
María es madre de Cristo y la Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, María es
madre de la Cabeza y del Cuerpo. Todo tiene su fundamento en el plano teológico
y sobrenatural, donde las comparaciones nos ayudan a entender algo de lo que en
realidad pertenece a la esfera sobrenatural, y sólo por la fe se puede aceptar.
palabra “madre”, se abra y se cierra la escena. Ese entrañable
vocablo que, además, aparece cinco veces en tan sólo tres versículos. De cuanto
hemos expuesto se deduce: Primero, aquí es constituida e iniciada la maternidad
espiritual de María. Esas palabras son causativas, más que meramente
declarativas, esto es, las palabras de Cristo no son meramente narrativas sino
constitutivas, eficaces pues hacen lo que dicen. Por tanto, todos los
discípulos de Cristo, todos los cristianos, son hechos hijos de María, ya que
en el discípulo amado estaban representados todos los demás discípulos.
completa su obra siendo un acto del amor supremo con el que amó a los suyos
hasta el fin, incluidos todos los discípulos que en el momento de la muerte de
Jesús estaban presentes en la figura de Juan, a los que el Señor recuerda al
pedir por cuantos creyeran en la predicación de sus apóstoles. “La unión
del discípulo amado -dice Hoskiyns, no católico- con la Madre de Jesús, es una
imagen y figura de la Caridad de la Iglesia de Dios. María, Madre del Señor, es
hecha Madre de los creyentes, designando el discípulo amado al fiel
cristiano.”
esta sección está llena de citas bíblicas, por lo que cabe preguntar si en los
vv. 26-27 existe algún cumplimiento de la Sagrada Escritura. A esta cuestión se
presta también el hecho de que Jesús use el título de “mujer” para
nombrar a su Madre. Esto no era normal en aquellos tiempos, como a veces se ha
dicho para explicar esa dificultad. También es digno de notar que Juan nunca
nombra a la Virgen por su nombre, María, sino que la llama siempre la Madre de
Jesús. Según Luzarraga, el nombre de la Virgen era tan conocido por sus
lectores que “no necesitaba explicitarlo. Por eso en su concentración
cristológica lo omite, en fuerza de su interés por mostrar a esta “mujer” (Jn
2, 4; 19, 26) como esencialmente referida al misterio de Jesús”.
detalle que nos permite pensar que no era considerada simplemente en un plano
familiar y ordinario, sino que es considerada como quien tiene una función
específica, incluso especial. Es de notar que, tanto en Caná como aquí, se pasa
del título “Madre de Jesús” al de “Mujer”. En este titulo
podemos ver dos aspectos:
“Mujer” a su Madre para oscurecer su condición materna, indicando que
las relaciones familiares y personales han de desaparecer ante el papel de
Corredentora que, en el plano mesiánico, empieza en ese momento para la Virgen.
“hora” de Jesús que se indica por vez primera en Caná y, como
sabemos, alude al momento de la muerte y resurrección de Cristo. Cuando esto
llega, cesa la separación o distancia que Jesús indicó en su sorprendente
contestación en Caná a María y se pasa al plano mesiánico. En este plano, la
Madre de Jesús, desde el día en que su hijo muere en la cruz, ejerce su misión
de Madre respecto a los que después del sacrificio de Cristo comienzan a ser
por el Bautismo hijos de Dios y hermanos entre sí. La maternidad física
-relación personal de María con Jesús- se hace maternidad espiritual en el
momento en que se consuma la obra redentora de Cristo -relación de María con
los redimidos-. Por tanto, su maternidad se sublima y ensancha hasta incluir a
todos los cristianos representados por el Discípulo amado.
este título de “Mujer”, que en labios de Jesús es un título
mesiánico. Los autores admiten generalmente que este título tiene su fundamento
en la Escritura y, por lo tanto, contiene uno de esos textos que se cumplen en
Cristo. Sin embargo, no todos coinciden al determinar concretamente el texto en
que se apoya. Se dan varias opiniones: a) Algunos, como Gätchter y Braun,
recurren al Génesis cuando habla de la Mujer vencedora de la Serpiente, que
según ellos confirma la magnífica visión del Apocalipsis (Ap 12, 1-6), donde
hay una referencia clara al Génesis, y donde la Madre de Jesús es llamada
“Mujer”.
como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
escena del Calvario difiere mucho de la escena descrita en el Apocalipsis. En
el Calvario no hay propiamente ninguna referencia a la victoria sobre la
Serpiente, y la escena no pertenece al género apocalíptico. Se insiste más en
el aspecto positivo de la salvación comunicada, sin alusión a los aspectos que
podemos llamar negativos de la victoria sobre el enemigo.
la Potterie, buscan el origen del título de “Mujer” en la figura de
la “Nueva Sión” preanunciada en el Antiguo Testamento. A María le es
aplicada esa función materna espiritual siendo ella la “Nueva Sión”.
La tradición medieval así lo comprendió. En efecto Sto Tomás habla de María
como figura de la Sinagoga, como la “Madre-Sión”. Por otro lado, el “haced lo
que él os diga recuerdan las palabras de Israel cuando confirman la Alianza, o
se renuevan los compromisos. María representa aquí la comunidad escatológica y
mesiánica en el contexto de la Nueva Alianza. Ella es la personificación de la
Iglesia antes de Cristo. Sin embargo, en todo el Antiguo Testamento sólo una
vez se llama “Madre” a Sión (cfr. Sal 87, 5) y nunca se le da el
título de “Mujer”. Se le llama “Hija” o “Virgen”,
nombres que no se aplican a María.
Dubarle y Hoskiyns, se remiten también al Protoevangelio. Sin embargo, no
resaltan el aspecto negativo de la victoria sobre la Serpiente, como los de la
primera sentencia. Se fijan más bien en el aspecto de la maternidad de Eva
sobre todos los vivientes. De esta forma resulta más coherente recurrir en este
pasaje a Gn 3, 15, donde la mujer es sólo la madre de los vivientes y su
función se proyecta sobre sus hijos.
inclusión con Caná y se cumple una profecía, la del Protoevangelio cuyo sentido
más pleno anuncia a María. La antítesis Eva-María está presente en algunos
Padres y arranca de la Anunciación según Lc 1, 26-38 y se perfecciona en el
Calvario según Jn 19 25-27 Dice Gn 3, 20: “Adán llamó Eva (LXX: Zoé, vida)
a su mujer, por ser la madre de todos los vivientes (zónton)”. Según esta
opinión María es designada por Jesús como “Mujer”, aludiendo al texto
de Génesis (3, 20), ya que en este momento María comienza a ser en la era
mesiánica “Madre de todos los vivientes”, de los discípulos, de todos
los creyentes en Jesús. Se da la recapitulación de Eva en María, obediente en
contraste con la desobediencia de la primera mujer. De este modo la maternidad
de María alcanza una nueva dimensión.
él su misión materna respecto a la comunidad de los creyentes. Se evoca, además
de la segunda Eva, la nueva creación de que habla tanto Isaías como el
Apocalipsis. La relación, por tanto, de María con el Protoevangelio es doble:
como Madre en el Evangelio y como Vencedora en el Apocalipsis.
parece interesante la reflexión que hace Simoens al afirmar que, en este
paralelismo con la creación, hay en las palabras de Jesús dos referencias, una
al hombre y otra a la mujer, indisociables entre sí según los relatos del
Génesis. En las palabras dirigidas a la mujer, el texto enseña que la vocación
y la identidad del hombre consiste en ser hijo. En cambio, en las palabras que
Jesús dirige al discípulo se muestra que la vocación y la identidad de la mujer
consiste en ser madre. Esta relación complementaria entre el hombre y la mujer
que se da en el Calvario, refleja la creación de uno y otro “a imagen y
semejanza” de Dios en el amor•
leemos: “desde aquella hora” (Jn 19 27), frase que se puede entender
como “desde aquel momento”, o bien “desde aquella hora”
haciendo referencia a la “hora” de Jesús. Podemos decir que ni por la
primera ni por la otra sentencia se dan argumentos definitivos.
(“accepit” dice la Neovulgata), se puede traducir con tres
significados: 1) La tomó con él, es la generalmente admitida (Bultmann,
Lagrange, Loisy, Osty, Wikenhauser). Sin embargo, las palabras de Jesús
expresan otra cosa. María le es confiada más como una madre a la que venerar,
que como una mujer a la que proteger. 2) Él la recibió en su casa, pues no es
un objeto que se toma, sino de una persona a la que se acoge; se trata no sólo
de una protección sino de una acogida como algo personal y parte de la propia
familia. 3) La recibe entre sus bienes. El verbo griego lambáno, conlleva fe,
en sentido que implica confianza y amor. 4) La recibe como su bien. Hay una
intimidad materno filial. Una realidad simbólica aunque real que tiene un valor
ejemplar, en cuanto que todo discípulo de Cristo ha de recibir y acoger a María
como su propia madre. En definitiva, tenemos dos versiones principales 1)
“La tomó en su compañía” (Bover), “II la prit chez lui”
(Mollat). 2) “La acogió (recibió) en su casa” (Colunga). “II la
reçut chez lui” (Braun). Esta segunda versión es preferible ya que el
Verbo lambáno, “reci¬bir”, nunca tiene en Juan un sentido meramente
pasivo, sino que denota siempre una cierta actividad receptiva. En nuestro caso
denota una actitud acogedora en el sujeto que recibe, abriéndose hacia el
sujeto recibido. Así la traducción más correcta no es “tomar” o
“coger”, sino “recibir” o “acoger”.
significar en “lo que le es propio”, es decir, el lugar donde se
guardan las cosas propias. María, por tanto, es recibida por Juan en su propia
casa, como alguien de la propia familia.
aparece con los apóstoles en Jerusalén. Pero a partir de ahí no se sabe con
certeza qué fue de María. La tradición suple de nuevo la carencia de noticias
bíblicas. Y según noticias muy antiguas, María vino a Éfeso acompañando a Juan.
Quizás conviene recordar que Jesús no sólo se preocupa en la cruz de que Juan
cuide a María, sino también de que su Madre no abandone a Juan y lo proteja. De
ahí que no es inverosímil que María viniera a Éfeso para acompañar a Juan. Es
cierto que otra tradición, apoyada en el apócrifo Evangelio de Santiago, habla
de como María muere en Jerusalén y desde allí es elevada al cielo. Algunos
consideran incompatibles ambas tradiciones y se inclinan bien por una, bien por
otra. Sin embargo, pienso que se pueden coordinar si pensamos que María vino a
Éfeso y vivió allí unos años. Luego volvería a Jerusalén, en donde terminó sus
días sobre la tierra.
de que en el Medioevo los cristianos de aquella región venían a rezar a la
Virgen María. Por otro lado, existen unas revelaciones privadas de una
religiosa de Westfalia, Ana Catalina Emmerik, que en su convento de Münster,
revive la pasión y se le reproducen las cinco llagas del Señor. En una de esas
revelaciones habla de que María la Virgen vivió en una montaña a tres
kilómetros de Éfeso. Algunas excavaciones apoyan de alguna forma las
revelaciones de la monja prusiana. Pero es preciso reconocer que son datos sin
un valor decisivo. No obstante, sí suficientes para fundamentar la religiosidad
popular que ha mantenido su devoción por la humilde casa, donde moró la Virgen
con el Discípulo amado de Jesús. También los musulmanes veneran a la Madre de Jesús
y llaman a este lugar Meryem Ana Evi, es decir la Casa de María la madre. Esa
devoción de los musulmanes por la Virgen hace posible, en esta zona al menos,
la convivencia pacífica de cristianos y musulmanes. Se da, pues, una doble
tradición. Históricamente, ninguna de las dos tradiciones tienen fundamento
definitivo. Para algunos la tradición efesina parece más probable. Sin embargo,
la tradición jerosolimitana está apoyada por los apócrifos y por la existencia
de la tumba de María en el Cedrón, donde hay una iglesia del tiempo de los
cruzados.
maternidad espiritual de María está, aunque de forma indirecta, afirmada en
este texto, pues si María es madre de Cristo, también lo es en el plano
espiritual de su cuerpo místico que es la Iglesia. Sin embargo, en cierto modo
hasta el s. VIII no se manifiesta esta interpretación de forma explícita. La
tardanza en interpretar Jn 19, 25-27 en el sentido de la maternidad espiritual
se debe al temor que tenían los Padres de hacer sombra a Jesús, único Redentor
y Mediador. No obstante ya Orígenes, refiriéndose al pasaje joánico del
Calvario, habla sobre la necesidad de tener como madre a María para entender el
Evangelio. Es lógico que sea así pues, en definitiva, la maternidad espiritual
de María está estrechamente vinculada a la muerte de Cristo en la Cruz
consecuencia o de una piadosa acomodación, sino que del texto, considerado en
sí mismo y en su contexto, se deduce dicha verdad. Se trata, pues, de un
sentido literal, el realmente genuino en la Sagrada Escritura ya que, según la
“Divino Afflante Spiritu”, la norma principal de interpretación es
aquella en virtud de la cual se averigua con precisión y se define qué es lo
que el autor pretendió decir.
nuestro caso concreto, los autores distinguen que el “sensus
dictionis” es distinto del “sensus scriptionis”. Es decir,
cuando Jesús habló a María y a Juan, el evangelista no comprendió aún el
sentido profundo y teológico de todo ello, y entonces solamente pensó en un
testamento doméstico, por el que Jesús atendía filialmente al porvenir de su
Madre. Además, dadas las circunstancias solemnes en las que esto sucedía,
Cristo colgado de la Cruz, era como el maestro sentado en la cátedra que enseña
a ocuparse de los padres desvalidos. Sin embargo, cuanto ocurrió luego hizo
comprender a Juan que las palabras de Jesús tenían un sentido más profundo. En
efecto, con el transcurso del tiempo, considerando todos esos hechos bajo la
luz del Espíritu Santo y metido en la vida de la Iglesia, descubrió el valor
simbólico de la presencia de María en el Calvario y de él mismo, entendiendo
entonces el sentido profundo de las palabras de Jesús, que han de ser
entendidas en su conjunto, pues se entrelazan y explican mutuamente.
María es constituida Madre de la Iglesia cuando Jesús está para morir en la
Cruz. En efecto, como dice Mollat: “El contexto (vv. 24. 28. 36. 37) y el
carácter peculiar de la designación “Mujer” parecen indicar que el
evangelista ve aquí un acto que sobrepasa la simple piedad filial: la
proclamación de la maternidad espiritual de María, nueva Eva, con respecto a
los creyentes representados por el discípulo amado (cfr. Jn 15, 10-15)”. El
texto citado por Mollat habla del amor de Cristo por sus discípulos y de cómo
han de corresponder. Es uno de los pasajes más entrañables y emotivos de los
sermones del adios. En efecto, Jesús les dice que como el Padre amó, así les
ama él a ellos. Añade que si guardan sus mandamientos permanecerán en su amor,
lo mismo que él guarda los mandamientos del Padre y permanece en su amor.
Entonces establece la norma príncipe del discipulado cristiano, que se amen
unos a otros como él los ha amado. Añade que nadie tiene amor más grande que
quien da la vida por el amado, y que ya no les llama siervos. De donde, todos y
cada uno somos un discípulo amado para Jesús, aunque haya uno que reciba ese
título por representar a los demás. Él nos recuerda que para seguir siéndolo es
preciso, como enseña Orígenes, apoyar la cabeza en el costado de Cristo y
acoger a María como Madre nuestra.