PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO
día 8 de octubre
Marta es una de esas mujeres fuertes, capaz incluso de regañar al Señor por no haber estado presente en la muerte de su hermano Lázaro. Sabe adelantarse, es valiente, pero le falta contemplación, es incapaz de perder el tiempo mirando al Señor. Hay tantos cristianos que van los domingos a Misa, pero luego están siempre ocupados. No tienen tiempo ni para los hijos, ni siquiera para jugar con sus hijos: y eso es malo. “Tengo tanto que hacer, estoy ocupadísimo…”. Y al final se vuelven “devotos” de esa religión que es el “ocupacionismo”: son del grupo de los ocupadísimos, que siempre están haciendo algo… Pero, ¡párate, mira al Señor, coge el Evangelio, escucha la Palabra del Señor, abre tu corazón…! Pero no, siempre el lenguaje de las manos, siempre… Y hacen el bien, pero no el bien cristiano, sino un bien humano. A esos les falta la contemplación. A Marta le faltaba eso.
Lo contrario, María. Lo suyo no es un “dolce far niente”. Ella miraba el Señor porque le tocaba el corazón y de ahí, de la inspiración del Señor, es de donde viene el trabajo que se debe hacer luego. Es la regla de San Benito: “ora et labora”, que encarnan monjes y monjas de clausura, los cuales, por cierto, no están todo el día mirando al cielo. Rezan y trabajan. Y sobre todo es lo que encarnó el apóstol Pablo, como está escrito en la primera lectura de hoy (Gal 1,13-24): cuando Dios lo escogió no se fue a predicar enseguida, sino que se fue a rezar, a contemplar el misterio de Jesucristo que se le había revelado. Todo lo que hacía Pablo lo hacía con ese espíritu de contemplación, de mirar el Señor. Era el Señor quien hablaba desde su corazón, porque Pablo era un enamorado del Señor.